Recientemente la Xunta de Galicia ha anunciado la creación de una segunda planta de tratamiento de residuos urbanos en el sur de Galicia lo que  ha reavivado la polémica entre los partidarios de la incineración y los entusiastas del compostaje. Sin embargo una vez más, esta  vieja controversia vuelve a desenfocar el verdadero problema.  La casi totalidad de las basuras de  Galicia acaban en vertederos controlados y  los niveles de recuperación y reciclaje son de los más bajos del Estado.

La legislación vigente tiene como objetivo básico reducir la producción de residuos y fomentar su aprovechamiento mediante la reutilización y el reciclado. Estos objetivos no son ideológicos sino de pura necesidad. En los últimos años la producción de residuos se ha incrementado exponencialmente en todo el mundo, en parte debido al auge de envases y  embalajes. Por otra parte existen materiales que es necesario recuperar porque su presencia en la naturaleza es limitada. En contra de la creencia  generalizada  los sistemas existentes en Galicia separan y ordenan  los residuos, principalmente envases y plásticos,  para su reciclaje. Para ello es necesario que  lleguen mínimamente ordenados y clasificados desde su origen que son los ayuntamientos. Es aquí donde está el verdadero problema.

Legalmente la gestión y tratamiento de los residuos urbanos es  una  competencia de titularidad municipal. Dado su alto  coste  y complejidad este servicio se  presta a través de empresas mancomunadas a cambio de una tasa o canon. En Galicia estas empresas son ALBADA, la Mancomunidad del Barbanza y SOGAMA. Las dos primeras  se basan  en un sistema de compostaje y prestan servicio  a diecinueve ayuntamientos. Por su parte SOGAMA lo hace al resto de la comunidad con  un sistema de valorización energética.  Esta externalización de un  servicio municipal   ha tenido un   efecto no deseado. Los ayuntamientos se han desentendido de cualquier política pública para clasificar y ordenar adecuadamente sus residuos y de esta forma facilitar el trabajo de los gestores que es  recuperar residuos para su reciclaje.

En los últimos años los ayuntamientos españoles han asumido voluntariamente competencias que no están obligados a ejercer. Estas competencias, llamadas impropias, han creado duplicidades económicas y funcionales con otras administraciones  así  como    cierta falta de desarrollo y coordinación en competencias propias como es el caso de los residuos. La última moda es promocionar a  emprendedores empresariales con el encomiable objetivo de paliar el creciente desempleo.  Es paradójico observar como algunos entes locales  gastan sus mermados ingresos en fomentar nuevas empresas en sectores “emergentes” cuando según el Observatorio de la Sostenibilidad de España (OSE) la gestión y tratamiento de los residuos es uno de los principales yacimiento de empleo, especialmente entre  colectivos desfavorecidos.  Sería mucho más lógico que ese esfuerzo se dedicase a gestionar más  y mejor sus basuras, que al fin y al cabo es su responsabilidad y de esta forma dejasen de ser el cuello de botella de todo el  sistema en Galicia.

Hace unas semanas fue noticia la entrevista que mantuvo el Jefe del Estado con el representante de Amaiur, Mikel Errekondo. De modo especial se destacó su doble condición de Abertzale y antiguo compañero deportivo del Duque de Palma. Nadie llamo la atención que Errekondo fue   el primer Alcalde de España en implantar el sistema de recogida selectiva de basuras puerta a puerta en Usurbil, su ciudad natal. Hoy esta localidad guipuzcoana recupera para el reciclaje más del 60% de sus residuos. Galicia solo el 10%.

En una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de  noviembre de 2010, el 31% de los españoles considera a los bancos como la institución más poderosa del país, incluido el Gobierno. En un gesto muy hispano de no fiarse de los poderosos,  el 56%  de los encuestados no confía nada en ellos. Es de suponer que a estas alturas, después de cientos de  quiebras,  desahucios y con nuestra deuda soberana ninguneada por los “mercados financieros”, la opinión no habrá mejorado mucho.  Sin embargo existen bancos que miran más allá de la cuenta de resultados y los dividendos.

Los llamados bancos éticos son entidades, por lo general con formas jurídicas de economía social, que en sus decisiones de inversión y crédito incluyen criterios sociales, ecológicos y culturales  sin por ello ser entidades ruinosas. Son la versión moderna  de las cooperativas de crédito que junto con los célebres “economatos” y las “fábricas de luz”,  surgieron para dar servicios de crédito, consumo y energía, a poblaciones descartadas por el incipiente capitalismo de principios del siglo XIX.  Existe un paralelismo histórico entre las cajas de ahorros y la banca ética. De hecho actualmente existe una caja de ahorros,  Caixa Pollensa, que  después de fusionarse con Caixa Ontinyent,  será  las pocas  cajas que cumplan  los requisitos de capital que establece el Real Decreto Ley 2/2011 para el reforzamiento del sistema financiero, es decir,  seguirá siendo una caja de ahorros, tal como las conocíamos hasta ahora.

Esta entidad, que además  de su obra social opera como banco ético, ha sido capaz de escapar por igual de los gestores temerarios y del pelotazo inmobiliario. No en vano su fundador lo fue también de la Institución Libre de Enseñanza en las Islas Baleares. Resulta paradójico que una modesta “caja ética” que opera en el diecisieteavo “Lander” alemán ósea Mallorca,  haya presentado ante las autoridades europeas  un “estrés test” equiparable al eficiente  “Deustche Bank”.  Gracias a ello Caixa Pollensa será una de las pocas cajas que se libre del FROB y del festín  de la bancarización.

Todo parece indicar que la banca ética no es más que la punta de lanza de un movimiento social  y empresarial de reacción  de la sociedad civil ante el fundamentalismo económico desvirtuado que amenaza con dejar fuera del sistema a una buena aparte de la población, mayoritariamente joven. Hasta ahora  la llamada economía social   se está descubriendo como una forma cooperativa de autoempleo. No sería de extrañar  que en un futuro no muy lejano este tipo de agentes económicos ofrezcan   bienes y servicios básicos  e incluso servicios públicos, desmantelados   o privatizados. De hecho ya están surgiendo cooperativas eléctricas, que ofrecen energía en mejores condiciones que el  oligopolio existente y cooperativas de consumo que venden alimentos a buen precio sin arruinar a los agricultores.

Parece que para funcionar adecuadamente y hacer bien su trabajo, el capitalismo necesita aprender de  su propia receta. Libre competencia, control  y buen hacer profesional.

En los últimos años se ha generalizado la creencia de que la empresa privada es la única organización humana eficaz y eficiente mientras que   el sector público es todo  lo contrario. Sin embargo a los que desde hace años trabajamos  para  empresas privadas, no nos deja de sorprender  la alta eficacia que se puede alcanzar desde la mas absoluta ineficiencia empresarial  y como la actuación  del sector público   reproduce,  de modo inverso,  el mismo  patrón.  Es la “Paradoja de los bombardeos” que describió el  economista canadiense John Kenneth Galbraith. Cuanto más  precisos   eran los bombardeos  aliados sobre Alemania, mas crecía el índice de producción industrial nazi.

En Galicia existe un sector que en plena crisis económica crece a un ritmo de dos dígitos anuales, crea empleo, muchos de ellos para  discapacitados, y exporta a Europa la mayor parte de su producción. También  fija población, especialmente femenina,  en el rural y contribuye al desarrollo  sostenible. Todo ello a pesar del maloso cuello de botella  de la gran distribución comercial. Paradójicamente  este prodigio de la eficiencia empresarial  se consigue desde  unos notables niveles de ineficacia. Muy pocas de sus empresas se diferencia mediante  una marca comercial reconocida, muchos   carecen de correo electrónico, cobertura telefónica móvil y  presencia en “internet”  porque trabajan  en lugares  donde  la calidad de estos servicios es muy baja. Como no podía ser de otro modo en Galicia, el minifundio y el individualismo son la regla. Por si el lector no se había dado cuenta se trata de la agricultura ecológica.

A pesar de que  la agricultura ecológica ni da muchos votos ni permite inaugurar   infraestructuras emblemáticas, sí merece la atención más o menos acertada de las políticas públicas. Estudios de mercado, diagnósticos DAFO, planes estratégicos, asistencias técnicas  y comerciales  y  numerosas ayudas financieras.  Una batería de  medidas muy eficientes pero muy poco eficaces ya que a pesar de su espectacular comportamiento, la agricultura ecológica en Galicia presenta un perfil competitivo  muy por debajo  de sus colegas de Andalucía, Extremadura  o Castilla – La Mancha. En otras palabras, alguien, público o privado,  no lo está haciendo bien.

Mientras tanto el mercado se mueve mucho y rápido. El incremento del nivel económico y cultural de los consumidores, el miedo a la inseguridad alimentaria y el gusto por la vida sana, hacen que la demanda mundial de alimentos ecológicos crezca  exponencialmente. Las redes sociales facilitan un mayor y mejor conocimiento de productos y productores y los nuevos canales logísticos acortan la distancia  entre  oferta y demanda. Todo un conjunto de atractivas oportunidades que pueden ser fácilmente convertidas en fortalezas por otros   operadores igual de eficaces pero  mucho más eficientes. Para entonces la competencia de “países terceros” podría ser  nuevamente, la principal  amenaza para el sector en Galicia.

Un reciente informe de la Oficina Estadística de la UE (Eurostat) concluye que España es, junto con Lituania y Rumania, uno de los países europeos con menos impuestos medioambientales en sus sistemas tributarios.  En el  otro extremo destacan Dinamarca y Holanda que son, junto con Bulgaria y Malta, los países comunitarios donde la fiscalidad  ambiental tiene un mayor peso en  su PIB.

La tributación ambiental constituye un excelente método de gestión pública ambiental. Penaliza la utilización irresponsable de recursos y premia los hábitos más respetuosos con el medio. Por otra parte suelen ser tributos finalistas es decir, los ingresos que genera están afectos a fines de carácter ambiental. Pero los impuestos ambientales  corren el riesgo de ser totalmente desvirtuados y de convertirse en un tributo “odioso”.

La actual crisis fiscal del Estado Español viene más por el lado de los ingresos que de los gastos. Después de  años de reformas y rebajas fiscales, nuestro sistema tributario  no ha hecho más que  perder progresividad, proporcionalidad,  equidad y lo que es peor,  ingresos. El resultado es un sistema  muy injusto y dependiente del consumo y las rentas salariales. Un modelo claramente ineficiente en un entorno, como el actual, caracterizado por  alto desempleo y  baja demanda. Esta situación y la tentación de crear nuevos  impuestos – ingresos  indoloros es todo uno.

Es previsible que la tributación ambiental aparezca en forma de brote verde milagroso para las diecinueve administraciones tributarias existentes en España. También es muy probable que a la hora de establecerlos, el criterio recaudatorio prime sobre el ambiental, dando lugar a injusticias y distorsiones económicas y territoriales. El riesgo en definitiva es convertir a España en líder de la tributación ambiental pero que continúe  siendo el farolillo rojo en indicadores ambientales y en contribuyentes irritados.

Uno de los vicios que tiene la reciente prensa verde es que siempre persigue la noticia en detrimento de  la información.  Por esta razón es habitual ver noticias, recurrentes hasta la saciedad, que no aportan nada desde el punto de vista informativo y formativo.

El caso más reciente es el de los coches eléctricos que nos presentan como la panacea  que resolverá, de un plumazo, los problemas económicos del Gobierno, el atraso tecnológico del país, las emisiones de CO2, el tráfico en las ciudades y el déficit tarifario del sistema de producción eléctrica.  Ni todo es cierto ni nada es falso todo  depende del enfoque.

Uno de los principales focos de emisión de CO2,  es el transporte.  No es el único pero si el más difuso e incontrolable. El automóvil es un producto con una huella de carbono muy acusada especialmente durante su periodo de vida útil. Este efecto se ve incrementado exponencialmente debido a su generalización como  medio de transporte. En todo caso el automóvil, electico o convencional, necesita energía para funcionar. En otras palabras  el coche eléctrico seguirá emitiendo CO2. La única diferencia es que endosará sus emisiones al sistema de producción de energía eléctrica que a su vez es el mayor emisor de CO2. Por esta razón el balance carbónico del coche eléctrico dependerá en última instancia del  “mix” de fuentes  del sistema, del marco tarifario,  de su generalización como medio de transporte privado y sobre todo, del sistema de repostaje que se adopte.

Desde este punto de vista las alternativas que se presentan son dos. Enchufarse a la red o intercambiar baterías universales en las actuales gasolineras. El primero es complicado, caro  y lento. El segundo es más rápido y probado. De hecho llevaba años funcionando con las populares bombonas de butano que hasta hace muy poco  utilizaban  los  taxis.

En todo caso los coches eléctricos,  como los convencionales,  seguirán ocupando cuatro metros cuadrados parados y veinticinco en movimiento, producirán más residuos peligrosos en forma de baterías y no  serán  inmunes a   colas y atascos. Mientras tanto los problemas de movilidad en corta y media distancia seguirán sin encontrar una alternativa razonable en buena parte de las ciudades españolas.


Una de las amenazas más recientes y generalizadas para el tejido económico  de los países desarrollados es la deslocalización industrial. Las empresas domicilian sus procesos menos innovadores, más intensivos en mano de obra o más contaminantes  en  territorios con sueldos, legislaciones y gobiernos más liberales.   Sin embargo parece que el negocio de la globalización empieza a no ser rentable para los receptores de la deslocalización.

Con motivo de los últimos juegos olímpicos de  Pekín, celebrados   en medio de una densa cortina de  “smog”, el mundo supo que el milagro del  PIB Chino  tenía un alto coste oculto.  Después de más de treinta años de revolución industrial basada en exportaciones baratas y gobierno autoritario, el metabolismo de la economía china empieza a mostrar síntomas preocupantes. El panorama urbano e  industrial chino actual tiene más que ver con una novela de Charles Dickens que con el progreso capitalista – maoísta. Los chinos, especialmente los agricultores, presentan una tasa de cáncer de hígado cuatro  veces superior  a la media global, mientras que  la tasa de neonatos   con defectos congénitos la multiplica por cinco. Ambas patologías están asociadas  a la creciente contaminación. Fenómenos hoy infrecuentes  en países occidentales como la lluvia ácida, las algas toxicas, o acuíferos contaminados, hoy son  problemas de primer orden  en la agenda política del Partido Comunista Chino.  El rio Amarillo, cuna de su civilización, es la cuenca hidrográfica más contaminada del mundo. El Banco Mundial, en un informe de 2007, calculaba el coste del destrozo ambiental chino entre el cinco y siete por ciento de su PIB anual. Una vez descontado este coste el  tigre económico chino parece un poco achacoso.

Los paralelismos con la historia de la revolución industrial occidental son claros. Los nuevos ricos chinos, siguiendo las preferencias de Maslow, ya exigen un medio ambiente sano y los  trabajadores estabulados hacen huelgas en demanda de tiempo y dinero para consumir. Como consecuencia las autoridades chinas comienzan a descubrir las bondades del gasto público productivo  y el  consumo interno sostenible como motores económicos.  A partir de ahora sus sueldos, legislación y autoridades no serán tan razonables con los buscadores globales de productividad.

Lo verde y ecológico, aunque no se sepa a ciencia cierta que significa, está de moda. Desde principios del siglo en curso la cantidad de  información sobre ecología en los medios ha crecido de modo exponencial. Esto es debido a una creciente sensibilidad social acerca de todo lo que tiene que ver con el medio ambiente y la salud. Como toda nueva demanda es negocio, algunos  profesionales del marketing han encontrado un filón.

Una consultora  canadiense, “TerraChoice”, que presta servicios de marketing ambiental, elabora un informe anual sobre un fenómeno llamado “Greenwashing”. En otras  palabras, denuncia las técnicas del marketing común para  vestir de ecológicos a empresas, productos y servicios que no lo son en absoluto. Las técnicas denunciadas en el informe, etiquetadas como  los “siete pecados capitales del marketing sostenible”,  van desde la desinformación más o menos deliberada,    hasta el  simple  engaño.

La técnica más común es no informar del  impacto ambiental total y oculto del producto. El caso mas significativo es el de  los pantalones vaqueros. El nuevo atributo verde para este producto es el “Denim”  ecológico es decir, teóricamente  respetuoso con el medio ambiente. De lo que la etiqueta no informa es de que un vaquero de algodón, ecológico o no, necesita consumir once mil litros de agua desde que es una planta de algodón en la India o Egipto hasta que se convierte en residuo  en Londres, Berlín  o Nueva York. Tampoco informa de que las emisiones de CO2 a lo largo de toda su vida útil de ronda los 33 kilos o que gran parte del agua consumida  ha sido extraída en países con déficits hídricos crónicos.

Otra forma de “eco lavado” es otorgar al producto atributos “verdes” confusos y sin información complementaria. Conceptos como “Natural”, “Bio” o “Eco” inducen a una deliberada confusión.  Así ciertos  “productos milagro” asocian  ecológico con  saludable lo cual no es siempre cierto. Tal es el caso de todos los productos  derivados de  la  soja que cuyo cultivo extensivo y orientado a la exportación genera  importantes impactos económicos, ambientales y sociales en los países productores. El caso extremo es simple y llanamente la falsificación, en origen, de etiquetas certificadas. Es el caso de marcas blancas importadas de países con legislaciones alimentarias y de consumo muy laxas.

Los productos más proclives a  estas técnicas fraudulentas son precisamente aquellos productos en los que dichas cualidades son más valoradas por el consumidor pero también los que pueden producir más daños;  juguetes, alimentos, especialmente   infantiles y  cosméticos.

Finalmente el peor de los pecados del “grennwashing” es el  vulnerar la regla de oro del marketing sostenible: No hay producto ecológico o sostenible  si la empresa que lo produce no lo es.

El impacto ambiental que producen las bolsas de plástico está de moda. No hay periodista, ambiental o no, que  haya aportado nada nuevo a la letanía habitual. Que las bolsas de plástico son un  derivado de petróleo que con su acusada huella carbónica contribuye al cambio climático, lo sabemos todos. Que asfixia a las tortugas marinas que la confunden con una suculenta medusa, también. Las bolsas de plástico se han convertido en un autentico culebrón informativo.

Cuando se informa sobre problemáticas ambientales es necesario mantener un criterio lógico, proporcionado y sobre todo, global. Es cierto que un consumo por cabeza de 200 bolsas de plástico es un problema. Pero tampoco es menos problema  que nuestros sistemas de gestión de residuos tengan  que lidiar cada año  con las  cerca de  doscientas compresa  que genera cada española, ni los problemas  que a las depuradoras  de aguas residuales ocasionan los  millones de colillas que los fumadores arrojamos al retrete. De los pañales mejor ni hablar. Estos impactos no merecen la atención periodística. ¿Por qué?

En mi opinión la respuesta es clara. En el caso de las bolsas de plástico hay dos “malos”    definidos y, sobre todo, que dan mucho juego informativo. Las multinacionales de la distribución alimentaria y la administración pública. El mensaje subyacente también es claro y muy noticioso. “No quieren erradicar las bolsas de plástico.” Sin embargo en el caso de los pañales las  colillas y las compresas los responsables somos todos. ¿Cuál sería el mensaje? ¿La gente no quiere lavar paños higiénicos y pañales de pico?

Recientemente la ONG “Amigos de la Tierra” ha realizado una encuesta sociológica sobre la producción excesiva de residuos de envases. Hay un resultado de puro sentido común pero que nadie ha resaltado. Un 75% de las bolsas de la compra son reutilizadas como bolsa de la basura. Es decir aproximadamente cerca de seis mil millones de bolsas de plástico en España son reutilizadas.

Las bolsas de plástico siguen siendo  un problema ambiental considerable pero también el residuo de envase  mas reutilizado. ¿Cuál es ahora el enfoque informativo?

En los últimos tiempos estamos asistiendo a un notable  incremento de la información relacionada con el medio ambiente y la ecología. Esta avalancha de información verde esta directamente relacionada con  el creciente interés, o preocupación, ciudadana por estos temas.  También existe una notable actividad de las empresas por poner en valor informativo e incluso estratégico sus acciones y compromisos con la sostenibilidad. De hecho ya empiezan a proliferar los manuales de marketing estratégico ambiental. Estamos en un planeta muy poblado con recursos, no solo escasos sino finitos, por lo que cualquier acción en a favor del desarrollo sostenible es bienvenida. El problema es que tanto lo que se hace (fondo) como lo que se comunica (forma) debe ser real.

Actualmente hay un desplazamiento de la comunicación comercial  de los espacios publicitarios tradicionales a los espacios informativos con el claro objeto de conseguir   la credibilidad y el interés perdido. El problema es que la actividad publicitaria está dotada de un régimen jurídico que controla en detalle  sus formas y contenidos. La información periodística no.  Ante esta situación cobra especial importancia la labor, y honestidad,  de periodistas, editores y asesores de comunicación. Esto es especialmente sensible cuando lo que se comunica es sostenibilidad.

Recientemente he leído el libro de un “guru” norteamericano de la comunicación ambiental. Se trata de un célebre ex ecologista más o menos radical, reconvertido en apóstol de la sostenibilidad empresarial. Su socio en este nuevo desempeño es ni más ni menos que Satchi & Satchi, o  lo que es lo mismo, la mayor  multinacional de la publicidad.  Siguiendo el método del caso, el autor relata los éxitos  en el campo de la sostenibilidad conseguidos por la mayor empresa de la gran distribución norteamericana, que dicho sea de paso es una de las empresas no industrial con el mayor historial de demandas, denuncias  y sanciones del área económica  NAFTA (Canadá, México y EE.UU)

Si este gurú fuese como mínimo honesto lo primero que tendría que decirle a su cliente es que para comunicar sostenibilidad además de parecerlo, hay que serlo.

Desde que se tienen evidencias   de la realidad del cambio climático y sospechas fundadas de que su causa es la actividad humana, los lobbies carbónicos se han empeñado en negar la primera y considerar el cambio climático una peligrosa invención que  amenaza sus intereses. Hay que reconocer que han tenido un éxito notable. Primero descafeinaron el convenio de Kioto. Después directamente boicotearon la conferencia de Copenhague. Más tarde denunciaron manipulaciones en las investigaciones y errores en los resultados de los trabajos científicos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático.

Tanto éxito es comprensible si tenemos en cuenta las cantidades gastadas en financiar la operación. Según Le Monde Diplomatique la multinacional petrolera Exxon Mobil gasto entre los años 2000 y 2003 entre 7 y 8 millones de dólares en negar la evidencia científica  del cambio climático. Las conclusiones de la mayoría de los estudios son autenticas perlas informativas diseñadas para ser titulares de la  prensa de color salmón. “El peligro del recalentamiento climático es tan probable como una invasión extraterrestre” afirmó el Competitive Enterprise Institute a cambio de un sustancioso millón de dólares. Por su parte el American Enterprise Institue opto por el fresco “Don´t worry be happy” a cambio de unos modestos novecientos mil dólares. Pero el más pintoresco es simplemente culpar al sol  como hace el Reason Public Policy Institute en su página web. La ocurrencia solo cotizó doscientos mil dólares.

Ahora los negacionistas están de enhorabuena. Les ha salido un aliado; La crisis económica. Así hoy  los alemanes preocupados por el clima son el 20%, mientras que en 2006 era el 62%.  Los ingleses siguen la tendencia. De 41 a 26 por ciento. Es como la armada invencible. Un temporal fue más efectivo que la Royal Navy.