En una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de noviembre de 2010, el 31% de los españoles considera a los bancos como la institución más poderosa del país, incluido el Gobierno. En un gesto muy hispano de no fiarse de los poderosos, el 56% de los encuestados no confía nada en ellos. Es de suponer que a estas alturas, después de cientos de quiebras, desahucios y con nuestra deuda soberana ninguneada por los “mercados financieros”, la opinión no habrá mejorado mucho. Sin embargo existen bancos que miran más allá de la cuenta de resultados y los dividendos.
Los llamados bancos éticos son entidades, por lo general con formas jurídicas de economía social, que en sus decisiones de inversión y crédito incluyen criterios sociales, ecológicos y culturales sin por ello ser entidades ruinosas. Son la versión moderna de las cooperativas de crédito que junto con los célebres “economatos” y las “fábricas de luz”, surgieron para dar servicios de crédito, consumo y energía, a poblaciones descartadas por el incipiente capitalismo de principios del siglo XIX. Existe un paralelismo histórico entre las cajas de ahorros y la banca ética. De hecho actualmente existe una caja de ahorros, Caixa Pollensa, que después de fusionarse con Caixa Ontinyent, será las pocas cajas que cumplan los requisitos de capital que establece el Real Decreto Ley 2/2011 para el reforzamiento del sistema financiero, es decir, seguirá siendo una caja de ahorros, tal como las conocíamos hasta ahora.
Esta entidad, que además de su obra social opera como banco ético, ha sido capaz de escapar por igual de los gestores temerarios y del pelotazo inmobiliario. No en vano su fundador lo fue también de la Institución Libre de Enseñanza en las Islas Baleares. Resulta paradójico que una modesta “caja ética” que opera en el diecisieteavo “Lander” alemán ósea Mallorca, haya presentado ante las autoridades europeas un “estrés test” equiparable al eficiente “Deustche Bank”. Gracias a ello Caixa Pollensa será una de las pocas cajas que se libre del FROB y del festín de la bancarización.
Todo parece indicar que la banca ética no es más que la punta de lanza de un movimiento social y empresarial de reacción de la sociedad civil ante el fundamentalismo económico desvirtuado que amenaza con dejar fuera del sistema a una buena aparte de la población, mayoritariamente joven. Hasta ahora la llamada economía social se está descubriendo como una forma cooperativa de autoempleo. No sería de extrañar que en un futuro no muy lejano este tipo de agentes económicos ofrezcan bienes y servicios básicos e incluso servicios públicos, desmantelados o privatizados. De hecho ya están surgiendo cooperativas eléctricas, que ofrecen energía en mejores condiciones que el oligopolio existente y cooperativas de consumo que venden alimentos a buen precio sin arruinar a los agricultores.
Parece que para funcionar adecuadamente y hacer bien su trabajo, el capitalismo necesita aprender de su propia receta. Libre competencia, control y buen hacer profesional.
